…insisto por la posibilidad de escribir esa frase, esa palabra

Desde hace varias semanas me siento intelectualmente desinflado. Es más, al pensarlo más detenidamente me doy cuenta que es cuestión de meses. Recordás al final del semestre pasado, cuando platicábamos de mi posible tema de tesis, en aquel momento sentía que tenía el aparato pensante medianamente lubricado, suficiente para crearme la ilusión de progreso, de algún soplo al menos. Ahora me siento radicalmente vacío. No es siquiera que me sienta atrofiado, pues eso implicaría la presencia de algo, de alguna idea desordenada, recia, de pesada intelección. Al contrario, es de absoluta nulidad.

Estas últimas semanas han sido más duras. Me siento ante el teclado y es como si estuviera a kilómetros de distancia, intentando escuchar los gritos lejanos de los residuos de mi conciencia cuando mis oídos están sumergidos en el ruido de las máquinas, de las bocinas en el tráfico, de los berrinches en las redes y los poco profesionales comentarios en los medios. Mis circunstancias me ensordecen, y en el proceso mis dedos olvidan el compás al que alguna vez danzaron sobre las teclas.

Por ratos se me aprieta el nudo en la garganta pero mis ojos no pueden llorar para suavizarlo. Mis párpados se arrastran, ásperos, pues he sudado hasta las lágrimas mientras intento lidiar con todo esto.

Obviamente, por fines poéticos, estoy exagerando. Pero la aspereza en mis párpados es real, la falta de fuerza vital en mis dedos también y el vacío en mi mente ha llegado a desalojar incluso lo esencial. Pero aún así sigo escribiendo. Me mantengo sentado hasta cumplir el mínimo que me he propuesto. Y lo hago porque añoro volver a sentir el éxtasis que alguna vez he experimentado mientras escribo, insisto por la posibilidad de escribir esa frase, esa palabra, que finalmente me destape, que libere el vacío y que poco a poco se empiece a poblar de nuevo, de aquello que sí podría tener algún valor. Sí, lo sé, esto del juego del valor no es más que otro mecanismo, llamémosle gusto, placer o deseo.

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Sobre maternidades ¿forzadas?

Si te soy soy sincera no he oído a ningún hombre jactarse de haber embarazado a otra mujer… a lo mejor estoy lejos de esos círculos pero lo que he visto y oído son hombres quejándose de la metida de huevo que es un hijo o fugándose de la responsabilidad compartida ante la inminente imposibilidad bíblica de abortar. He escuchado más comentarios sobre el placer de eyacularle en la cara a una mujer o ver con satisfacción que se trague su semen. Esa, creo yo, es una demostración de poder. No es solo la actualización de esa categoría, son varias: además de ser úteros parlantes, degeneramos a agujeros que se cogen.
Creo que la amiga de la que hablamos es la misma amiga que posteó algo sobre la indignación que sintió cuando una compañera le hizo el comentario de que tener hijos te jode la vida. El comentario salió porque ella iba con los dos niños a la U. Ella sintió la ofensa en su maternidad porque algo hay de sagrado y bendito en los hijos. Aunque te jodan la vida, los hijos no se niegan; no hay otra que amarlos incluso a pesar de uno mismo. Dijo que sí, que se le hicieron más difíciles las cosas pero que también creció. El calvario te hace fuerte. Te hace mejor mujer, más sensible, más ¿humana?
Todavía no entiendo la maternidad, ni cómo se construye a partir de categorías identitarias sexuadas y genderizadas. A lo mejor algo va saliendo a la luz.
Un abrazo.

Sobre embarazar

Quiero aprovechar un comentario con el que me topé. Una amiga publicó, como comúnmente lo hace, una queja. Lo único diferente fue que esta vez sí me tocó algunas fibras. Ella reclamaba por una actitud enfermiza de algunos hombres que manifiestan cierta excitación en embarazar a las mujeres. No se me hace nada difícil creerlo, incluso vienen a mi mente bromas y frases que he escuchado en varias ocasiones ─viene a mi mente: “donde pongo el ojo, pongo el patojo”─. Pero más allá de eso, recuerdo varios hombres que han manifestado un orgullo demasiado exaltado por haber embarazado a una mujer ─a su esposa, y con su consentimiento, en el mejor de los casos─.

Casualmente hace pocos días me encontré con una compañera de colegio. Tenía más de cinco u ocho años de no verla, creo. En la interacción entendí que había procreado y que pues, su vida giraba en torno a eso; estaba saliendo del supermercado después de comprar pañales. Horas después me vino una inquietud, una pregunta que me hubiera gustado hacerle, aunque seguramente hubiera resultado ser una impertinencia. Quisiera haberle preguntado cómo se sentía al respecto y si fue una decisión deliberada o solo “sucedió”. No era el momento ni el lugar. Igual estas dudas surgieron horas después de la interacción, y creo que sería un poco inapropiado ponerme a buscarla en Facebook o mandarle mensajes en Instagram para preguntarle.

Pero no era a eso a lo que iba. Vamos a lo de la emoción, aparentemente enfermiza, o quizá desproporcionadamente orgullosa, que manifiestan algunos hombres a partir del hecho de embarazar a una mujer. Seguramente hay más ángulos para abordar este asunto, pero el primero que se me ocurre es el problema de la actualización de la mujer (en términos aristotélicos) en nuestra sociedad. Hay que empezar delimitando el problema a nuestra sociedad, pues es un síntoma que se presenta en sociedades retrógradas y demasiado conservadoras. En su conservadurismo, son esencialmente machistas, y una de las principales expresiones de este machismo es demarcar la función de la mujer, su única y exclusiva utilidad, como un útero que provee de hombres para el trabajo y uno que otro útero adicional para sostener el ciclo.

Supongo que por ahí va cierta parte del problema. De ahí que haber embarazado a una mujer represente una conquista. Es la culminación de la invasión, la apropiación del útero, de un útero que ahora es “mío”. De este problema se siguen las distintas reacciones al descubrir el sexo del neonato.

Esto es algo que puede avanzar.

Ejercicio cotidiano (7 de marzo de 2017) (del oficio de escritor y algo del morir)

Temo que hoy podría dejar la página en blanco. Han pasado unos quince minutos desde que me senté a escribir y solo llevo dos oraciones. Tres ahora; con las que solo me excuso.

Generalmente cuando me siento a escribir traigo algo en mente, pero hoy vengo en blanco. Quizá es porque me hacen falta respuestas; o solo es porque extraño a mi interlocutora. De nuevo han pasado varios días sin que publiquemos en el blog y ahora no se me ocurre nada en particular para plantearte. Tal vez pueda convertir esta página en una muestra de disciplina, ya que un tema que tenemos vigente es el de ‘el oficio de escritor’.

Estos últimos días han sido bastante difíciles, intelectualmente ─por decirlo de alguna manera─. A finales de la semana pasada me tocó enfrentar la muerte de una persona muy querida, muy cercana a alguien aun más querido. Y sí, la muerte siempre lo empuja a uno a la reflexión; quizá sea por los silencios incómodos provocados por no saber qué decir o por haber dicho algo que resulta inapropiado. Siempre ha sido muy difícil para mí eso de ‘dar el pésame’, incluso cuando es sincero. Por el otro lado, siempre he detestado las verborreas de algunos que pretenden que adulando al difunto y a los que están en duelo pueden remediar la situación. Una parte del problema debe ser que desde hace algún tiempo tengo una perspectiva algo parca de la muerte, y muy pronto descubrí que no hay nada que le moleste más a la gente que alguien que no se toma tan en serio la muerte. No me malinterpretés, entiendo que es algo doloroso y he padecido un par de veces ese dolor, pero también me he dado cuenta que el verdadero sufrimiento para la mayoría de la gente es una especie de codependencia, ya sea emocional o económica.

En algún momento durante el funeral me acordé de vos. Estaba pensando en la performatividad del duelo. Más bien, estaba observando la performatividad del duelo. Lo notás en los niños, que imitan el llanto. Y es que no se puede negar que hay algo muy particular del llanto que se relaciona al duelo. Es un llanto que los niños pequeños no entienden con suficiente claridad como para que el dolor sea sensible. De ninguna manera estoy diciendo que los niños son incapaces del llanto sincero, lo que quiero decir es que los niños, menores de unos ocho años tal vez, no son capaces de percibir el duelo en ese momento. Se requiere cierta inmediatez, el dolor de un golpe físico, perder algo que estaba en sus manos, o algo por el estilo. Pienso en el niño que quiere a su mamá y hace berrinche porque no tiene a su mamá. Ahí hay un padecimiento de la ausencia, habrá cierto dolor. Pero, si suponemos que la mamá es quien ha muerto, el niño será incapaz de comprender la profundidad de esa ausencia. Su llanto no será de duelo, sino de la ausencia inmediata. ¿Tiene sentido lo que estoy diciendo?

A lo que me refiero es que el duelo es una emoción muy compleja. Me atrevo a sospechar que muchas personas son incapaces de padecerlo sinceramente, y como alternativa recurren al performance, de la misma manera que lo haría un niño.

***

¿Tal vez esto de empezar a hablar de la muerte puede ser un buen punto para hacer la transición al tema del filicidio? ¿Qué decís? ¿Estás?

De esbozos y de recuperar el ritmo

Parece que hemos perdido ritmo. Hace más o menos una semana que no publicamos nada ni que nos escribimos entre nosotros. Supongo que estos últimos días surgieron varios asuntos que nos distrajeron un poco. No pasa nada, el secreto está en encontrar una forma de seguir escribiendo, de mantenerse en el ejercicio.

Entre los temas que surgieron esta pasada semana está el asunto del aborto. Decir que este tema surgió ahora es bastante inexacto, pues es algo que mantenemos en la rotación de temas de lo que comúnmente platicamos, en alguna medida (las cuestiones de género y de violencia sexual para ser más precisos, ¿o no?). Al respecto, como te comenté, empecé a escribir algo que podría tomar forma de artículo, y creo que podríamos trabajarlo juntos. Lamentablemente no he podido avanzar, no he tenido el tiempo ni la claridad mental para intentarlo. Aún así, y como parte del juego, te lo comparto aquí, íntegro, lo que llevaba. (Creo que podemos hacer un juego muy interesante si hacemos públicos los esbozos y los avances, además de ser un buen ejercicio para discutir los puntos, me parece muy interesante exponer el proceso de construcción.) Esto fue lo que escribí:

Desde donde yo lo veo, el problema es la violencia sexual. La cuestión específica del aborto la podemos discutir durante algunos ciclos lunares, y podremos estar de acuerdo en algunos puntos y no tanto en otros. Pero luego, desde mi perspectiva ─limitada, obviamente, por mi experiencia de género─, la interrupción del embarazo es el recurso más lejano, pues supone la fase final del proceso de violencia sexual.

Con el alboroto de estos pasados días la cuestión del aborto se ha alborotado, mientras salen a flote las posturas más radicales. La discusión, por un lado, se centra en determinar el instante en el que inicia la “vida”, exponiendo una moralidad dudosa, o más bien confusa (confundida quizá), anteponiendo los derechos de “una posibilidad” (cuyas probabilidades son prácticamente nulas) a las de una realidad, un presente, que requiere atención inmediata para cambiar su suerte, para contrarrestar la abrumadora tendencia estadística que padecemos como sociedad. El problema con esto es que “vida” se dice muy a la ligera. Al respecto hay muchos factores que se podrían expulgar, ¿la preocupación es por el sufrimiento?, ¿o el problema es el mundo de posibilidades a donde puede florecer una nueva vida (olvidando que, si somos objetivos, las probabilidades de “bienaventuranza” para la ámplia mayoría de niños nacidos en Guatemala son ínfimas)?  

El otro lado de la discusión se enfoca en la mujer.

Por esto pienso que esta no es la estrategia más efectiva para impulsar la discusión. No obstante, es la más cruda, y ese tinte grotesco le permite brillar en el radar de nuestras gentes ─un rasgo común de los pueblos ignorantes─.

Como podés ver, está incompleto. Incluso ese último párrafo anda volando suelto. En fin, dale una leída, contame qué te parece y ayudame a terminarlo (a menos que querrás destruirlo por completo).

***

Por otro lado teníamos la cuestión de la escritura, como oficio. Casualmente me topé con un episodio de un podcast que ocasionalmente escucho acerca de un libro de Simone de Beauvoir (era sobre las primeras dos partes de Para una moral de la ambuiguedad). El punto es que, desde el existencialismo, hablaban del planteamiento que [los humanos] nos creamos carencias que luego necesitamos rellenar con cualquier cosa. Esa carencia se convierte en el rincón de nuestra existencia donde se encuentra el sentido, por tanto, solo después de satisfacer tal carencia es posible ─pensamos─ encontrar la felicidad, el sentido, la plenitud de la vida, etc. Pues la cosa es que precisamente a eso atiendo esto del oficio, esto de empeñarse en hacerse de un oficio, y oficiar. Creo que ahí hay mucho que podemos discutir.

Pues bien, toma este nuevo empujón con un fuerte abrazo.