Ejercicio cotidiano (7 de marzo de 2017) (del oficio de escritor y algo del morir)

Temo que hoy podría dejar la página en blanco. Han pasado unos quince minutos desde que me senté a escribir y solo llevo dos oraciones. Tres ahora; con las que solo me excuso.

Generalmente cuando me siento a escribir traigo algo en mente, pero hoy vengo en blanco. Quizá es porque me hacen falta respuestas; o solo es porque extraño a mi interlocutora. De nuevo han pasado varios días sin que publiquemos en el blog y ahora no se me ocurre nada en particular para plantearte. Tal vez pueda convertir esta página en una muestra de disciplina, ya que un tema que tenemos vigente es el de ‘el oficio de escritor’.

Estos últimos días han sido bastante difíciles, intelectualmente ─por decirlo de alguna manera─. A finales de la semana pasada me tocó enfrentar la muerte de una persona muy querida, muy cercana a alguien aun más querido. Y sí, la muerte siempre lo empuja a uno a la reflexión; quizá sea por los silencios incómodos provocados por no saber qué decir o por haber dicho algo que resulta inapropiado. Siempre ha sido muy difícil para mí eso de ‘dar el pésame’, incluso cuando es sincero. Por el otro lado, siempre he detestado las verborreas de algunos que pretenden que adulando al difunto y a los que están en duelo pueden remediar la situación. Una parte del problema debe ser que desde hace algún tiempo tengo una perspectiva algo parca de la muerte, y muy pronto descubrí que no hay nada que le moleste más a la gente que alguien que no se toma tan en serio la muerte. No me malinterpretés, entiendo que es algo doloroso y he padecido un par de veces ese dolor, pero también me he dado cuenta que el verdadero sufrimiento para la mayoría de la gente es una especie de codependencia, ya sea emocional o económica.

En algún momento durante el funeral me acordé de vos. Estaba pensando en la performatividad del duelo. Más bien, estaba observando la performatividad del duelo. Lo notás en los niños, que imitan el llanto. Y es que no se puede negar que hay algo muy particular del llanto que se relaciona al duelo. Es un llanto que los niños pequeños no entienden con suficiente claridad como para que el dolor sea sensible. De ninguna manera estoy diciendo que los niños son incapaces del llanto sincero, lo que quiero decir es que los niños, menores de unos ocho años tal vez, no son capaces de percibir el duelo en ese momento. Se requiere cierta inmediatez, el dolor de un golpe físico, perder algo que estaba en sus manos, o algo por el estilo. Pienso en el niño que quiere a su mamá y hace berrinche porque no tiene a su mamá. Ahí hay un padecimiento de la ausencia, habrá cierto dolor. Pero, si suponemos que la mamá es quien ha muerto, el niño será incapaz de comprender la profundidad de esa ausencia. Su llanto no será de duelo, sino de la ausencia inmediata. ¿Tiene sentido lo que estoy diciendo?

A lo que me refiero es que el duelo es una emoción muy compleja. Me atrevo a sospechar que muchas personas son incapaces de padecerlo sinceramente, y como alternativa recurren al performance, de la misma manera que lo haría un niño.

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¿Tal vez esto de empezar a hablar de la muerte puede ser un buen punto para hacer la transición al tema del filicidio? ¿Qué decís? ¿Estás?