Nudos

Hay nudos  de garganta que se pegan o siempre han estado ahí pero alguien más los nombra y decirlos es como hacerlos revolver entre algún órgano (porque hay nudos de garganta móviles que se desplazan de órgano en lugar y de lugar en miembro, hasta que a lo mejor el nudo es uno). Los nudos siempre me provocan un temblor entre la nariz y los ojos, me retuercen la nuca porque los bordo de alambre espigado. De vez en cuando me alcanzo a salir del cuerpo, a salir del alambre, pero eso significa abandonarse y nada es total, ni siquiera el abandono de una misma, ni siquiera la propia muerte porque, creo, la muerte en tanto muerte, lo sigue atormentando a uno. Los cadáveres no dejan de estar significando.
No me consuela tanto la idea del polvo pero entiendo el cansancio. Mucho rato he sentido la dificultad de regresar y moverme porque he estado exhausta antes y me reconozco exhausta ahora. Se nos enrojecen los pies llenos de ampollas, ya no dan ganas.
Lo mío es frustración de otro tipo, me siento como quien se inventa faltas y se aferra a ellas, pero las faltas son reales o eso me digo para no sentir que los hoyos que se me arman en el pecho vienen de ningún lugar y sin ninguna razón. No sé dónde me paro.
Te mando un abrazo, recién salido de este calor que se me acumula de entrañas para afuera. Te mando las grietas de la voz que se me parte. A lo mejor y te consuelan un poco.
Salud por la vida que no soltamos.
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Intentos fallidos de soportar el absurdo

Hoy es un día de esos en los que se me estrecha el buche y la única solución que puedo imaginar es procurar mi expiración. Aún no he encontrado trabajo y ya se deja sentir la frustración. Empiezo a pensar que, así como no fui suficientemente astuto para encontrar clientes para mi negocio, tampoco lo soy para hacerme emplear.

Yo lo que quiero es escribir. Me gustaría vivir de lo que escribo pero estoy consciente de que no produzco nada de suficiente calidad para justificarlo. Obviamente, si eso es lo que quiero, eso debería estar haciendo, practicando y ejercitándome en el oficio. Eso ya lo hago, lo vengo haciendo desde hace algunos años (ya hemos hablado de la rutina de escribir a diario que me he impuesto), pero aún no lo hago suficientemente bien. Luego, como de algo hay que vivir, en algo hay que trabajar…
El principal problema es el absurdo. Si tengo que trabajar al menos necesito disfrutarlo un poco. No tiene sentido hacer cualquier cosa solo por rellenar de vacío las horas de una vida que al final no va a nada; para eso mejor que se acabe de una vez. Así que puse mi mínima condición en trabajar con algo, lo que sea, relacionado a las letras (ese “lo que sea” es relativo; no sé si por suerte o maldición crecí en un medio pseudopequeñoburgués-un-poco-más-allá-de-acomodado, de esa forma se me presentó la vida y es muy difícil abandonar mucho de aquello a lo que estoy acostumbrado). Han aparecido algunos proyectos por aquí y por allá, he participado y les he hecho huevos (a veces más, a veces menos), pero me dan la estabilidad necesaria para sostener la vida.
¿Qué hacés cuando estás dispuesto a padecer esta bola de estupideces ─sabiendo que al final lo más probable es que rápidamente te esfumés en una nube de polvo o, si tenés mucha suerte, tal vez llegués a ser una mancha de tinta en algún registro─ pero no encontrás algo que se ajuste a tu mínima condición? ¿Cómo lidiar con eso? Supongo que hay que seguir buscando, pero después de algún tiempo se agotan las opciones y las ganas. Y de pronto parece que una oportunidad se avecina pero, o nunca llega, o se va de largo. También hay veces que la veo pasar, mientras comprendo lo poco que me interesa atraparlas.
Últimamente, según va apretando la urgencia, la falta se hace más pesada. Poco a poco la frustración se extiende a otros aspectos de mi vida. Luego descubro que llevo años estancado.
Las bolas flotan en el aire, veremos si alguna cae en su lugar.

Una nueva estrategia

Otra vez se nos ha pasado el tiempo sin escribirnos; serán ya un par de semanas. No queda de otra que volver a empezar.

Estoy intentando poner en práctica una nueva estrategia para mi página mínima. Supongo que ya te he contado qué es la página mínima, pero para estar seguros, y para fines ilustrativos, si es que estas líneas salen a luz pública, te explico. Página mínima es el nombre que le dí al proyecto de escribir a diario. Sí, yo sé, que obvio; ya me conocés que soy muy práctico para poner nombres. Así empezó el ejercicio, me dispuse a escribir por lo menos una página cada día. Al principio fue a mano, y una página era como de 200 o 250 palabras. Ya luego, cuando me mudé a la computadora descubrí que una página era de 500 palabras ─y me pareció un número más adecuado─.

Haciendo un paréntesis, atiendo a una pregunta que me hiciste hace poco: si escribía a mano. De vez en cuando lo hago. Siento que escribir a mano es mejor para el aspecto creativo. Con esto no me refiero a que a mano se escribe mejor ficción, sino que es más efectivo para desarrollo de temas, para hacer esbozos; ya sea de intentos de ficción o de algo más reflexivo (siempre hay un proceso creativo por medio del que se construyen las ideas). En fin, escribir a mano es más conciso. Quizá sea porque el esfuerzo es más grande (físicamente) y el ritmo es más lento. Al escribir a computadora uno puede hacerlo demasiado rápido, tan rápido que salen bodoques sucios. A mano es menos común caer en verborreas, al menos así ha sido en mí experiencia.

Entonces, de vuelta a la nueva estrategia que estoy pensando para la página mínima (la verdad es que no es una gran novedad, es algo que ya había hecho en algún momento). Quiero intentar desarrollar un tema a lo largo de la semana. Esta semana fue la primera; y lo hice a medias. Aprovechando el impulso me enfoqué en un trabajo de la U. Como este era para el jueves solo usé la mitad de la semana. Aún así, creo que la estrategia puede funcionar.

En general, la intención es establecer el tema y los subtemas el domingo. Esto conllevará un poco de investigación, y quizá pueda construir una primera estructura. Ya luego, a lo largo de la semana, iré investigando y escribiendo sobre cada subtema, con la esperanza de terminar la semana con algo relativamente sólido.

Supongo que te preguntarás por qué hacer algo como esto. La verdad es que me estoy aferrando a la escritura, o al menos lo estoy intentando. He vivido algunas cosas, he pasado por algunos trabajos, y he descubierto que nada me gusta. Cualquier trabajo “tradicional” que pueda conseguir terminará corroyéndome y eventualmente me sumirá en algún grado de depresión. Por eso, insisto en escribir. Lo ideal sería encontrar que alguien me pague por hacerlo, o que alguien compre lo que escribo. Para mientras, lo único que puedo hacer es ejercitarlo, practicar. Tal vez así, algún día salga algo de valor.

Ya te contaré si funciona esta semana. Según qué salga lo publicaremos aquí o allá.

…insisto por la posibilidad de escribir esa frase, esa palabra

Desde hace varias semanas me siento intelectualmente desinflado. Es más, al pensarlo más detenidamente me doy cuenta que es cuestión de meses. Recordás al final del semestre pasado, cuando platicábamos de mi posible tema de tesis, en aquel momento sentía que tenía el aparato pensante medianamente lubricado, suficiente para crearme la ilusión de progreso, de algún soplo al menos. Ahora me siento radicalmente vacío. No es siquiera que me sienta atrofiado, pues eso implicaría la presencia de algo, de alguna idea desordenada, recia, de pesada intelección. Al contrario, es de absoluta nulidad.

Estas últimas semanas han sido más duras. Me siento ante el teclado y es como si estuviera a kilómetros de distancia, intentando escuchar los gritos lejanos de los residuos de mi conciencia cuando mis oídos están sumergidos en el ruido de las máquinas, de las bocinas en el tráfico, de los berrinches en las redes y los poco profesionales comentarios en los medios. Mis circunstancias me ensordecen, y en el proceso mis dedos olvidan el compás al que alguna vez danzaron sobre las teclas.

Por ratos se me aprieta el nudo en la garganta pero mis ojos no pueden llorar para suavizarlo. Mis párpados se arrastran, ásperos, pues he sudado hasta las lágrimas mientras intento lidiar con todo esto.

Obviamente, por fines poéticos, estoy exagerando. Pero la aspereza en mis párpados es real, la falta de fuerza vital en mis dedos también y el vacío en mi mente ha llegado a desalojar incluso lo esencial. Pero aún así sigo escribiendo. Me mantengo sentado hasta cumplir el mínimo que me he propuesto. Y lo hago porque añoro volver a sentir el éxtasis que alguna vez he experimentado mientras escribo, insisto por la posibilidad de escribir esa frase, esa palabra, que finalmente me destape, que libere el vacío y que poco a poco se empiece a poblar de nuevo, de aquello que sí podría tener algún valor. Sí, lo sé, esto del juego del valor no es más que otro mecanismo, llamémosle gusto, placer o deseo.

Ejercicio cotidiano (7 de marzo de 2017) (del oficio de escritor y algo del morir)

Temo que hoy podría dejar la página en blanco. Han pasado unos quince minutos desde que me senté a escribir y solo llevo dos oraciones. Tres ahora; con las que solo me excuso.

Generalmente cuando me siento a escribir traigo algo en mente, pero hoy vengo en blanco. Quizá es porque me hacen falta respuestas; o solo es porque extraño a mi interlocutora. De nuevo han pasado varios días sin que publiquemos en el blog y ahora no se me ocurre nada en particular para plantearte. Tal vez pueda convertir esta página en una muestra de disciplina, ya que un tema que tenemos vigente es el de ‘el oficio de escritor’.

Estos últimos días han sido bastante difíciles, intelectualmente ─por decirlo de alguna manera─. A finales de la semana pasada me tocó enfrentar la muerte de una persona muy querida, muy cercana a alguien aun más querido. Y sí, la muerte siempre lo empuja a uno a la reflexión; quizá sea por los silencios incómodos provocados por no saber qué decir o por haber dicho algo que resulta inapropiado. Siempre ha sido muy difícil para mí eso de ‘dar el pésame’, incluso cuando es sincero. Por el otro lado, siempre he detestado las verborreas de algunos que pretenden que adulando al difunto y a los que están en duelo pueden remediar la situación. Una parte del problema debe ser que desde hace algún tiempo tengo una perspectiva algo parca de la muerte, y muy pronto descubrí que no hay nada que le moleste más a la gente que alguien que no se toma tan en serio la muerte. No me malinterpretés, entiendo que es algo doloroso y he padecido un par de veces ese dolor, pero también me he dado cuenta que el verdadero sufrimiento para la mayoría de la gente es una especie de codependencia, ya sea emocional o económica.

En algún momento durante el funeral me acordé de vos. Estaba pensando en la performatividad del duelo. Más bien, estaba observando la performatividad del duelo. Lo notás en los niños, que imitan el llanto. Y es que no se puede negar que hay algo muy particular del llanto que se relaciona al duelo. Es un llanto que los niños pequeños no entienden con suficiente claridad como para que el dolor sea sensible. De ninguna manera estoy diciendo que los niños son incapaces del llanto sincero, lo que quiero decir es que los niños, menores de unos ocho años tal vez, no son capaces de percibir el duelo en ese momento. Se requiere cierta inmediatez, el dolor de un golpe físico, perder algo que estaba en sus manos, o algo por el estilo. Pienso en el niño que quiere a su mamá y hace berrinche porque no tiene a su mamá. Ahí hay un padecimiento de la ausencia, habrá cierto dolor. Pero, si suponemos que la mamá es quien ha muerto, el niño será incapaz de comprender la profundidad de esa ausencia. Su llanto no será de duelo, sino de la ausencia inmediata. ¿Tiene sentido lo que estoy diciendo?

A lo que me refiero es que el duelo es una emoción muy compleja. Me atrevo a sospechar que muchas personas son incapaces de padecerlo sinceramente, y como alternativa recurren al performance, de la misma manera que lo haría un niño.

***

¿Tal vez esto de empezar a hablar de la muerte puede ser un buen punto para hacer la transición al tema del filicidio? ¿Qué decís? ¿Estás?

De esbozos y de recuperar el ritmo

Parece que hemos perdido ritmo. Hace más o menos una semana que no publicamos nada ni que nos escribimos entre nosotros. Supongo que estos últimos días surgieron varios asuntos que nos distrajeron un poco. No pasa nada, el secreto está en encontrar una forma de seguir escribiendo, de mantenerse en el ejercicio.

Entre los temas que surgieron esta pasada semana está el asunto del aborto. Decir que este tema surgió ahora es bastante inexacto, pues es algo que mantenemos en la rotación de temas de lo que comúnmente platicamos, en alguna medida (las cuestiones de género y de violencia sexual para ser más precisos, ¿o no?). Al respecto, como te comenté, empecé a escribir algo que podría tomar forma de artículo, y creo que podríamos trabajarlo juntos. Lamentablemente no he podido avanzar, no he tenido el tiempo ni la claridad mental para intentarlo. Aún así, y como parte del juego, te lo comparto aquí, íntegro, lo que llevaba. (Creo que podemos hacer un juego muy interesante si hacemos públicos los esbozos y los avances, además de ser un buen ejercicio para discutir los puntos, me parece muy interesante exponer el proceso de construcción.) Esto fue lo que escribí:

Desde donde yo lo veo, el problema es la violencia sexual. La cuestión específica del aborto la podemos discutir durante algunos ciclos lunares, y podremos estar de acuerdo en algunos puntos y no tanto en otros. Pero luego, desde mi perspectiva ─limitada, obviamente, por mi experiencia de género─, la interrupción del embarazo es el recurso más lejano, pues supone la fase final del proceso de violencia sexual.

Con el alboroto de estos pasados días la cuestión del aborto se ha alborotado, mientras salen a flote las posturas más radicales. La discusión, por un lado, se centra en determinar el instante en el que inicia la “vida”, exponiendo una moralidad dudosa, o más bien confusa (confundida quizá), anteponiendo los derechos de “una posibilidad” (cuyas probabilidades son prácticamente nulas) a las de una realidad, un presente, que requiere atención inmediata para cambiar su suerte, para contrarrestar la abrumadora tendencia estadística que padecemos como sociedad. El problema con esto es que “vida” se dice muy a la ligera. Al respecto hay muchos factores que se podrían expulgar, ¿la preocupación es por el sufrimiento?, ¿o el problema es el mundo de posibilidades a donde puede florecer una nueva vida (olvidando que, si somos objetivos, las probabilidades de “bienaventuranza” para la ámplia mayoría de niños nacidos en Guatemala son ínfimas)?  

El otro lado de la discusión se enfoca en la mujer.

Por esto pienso que esta no es la estrategia más efectiva para impulsar la discusión. No obstante, es la más cruda, y ese tinte grotesco le permite brillar en el radar de nuestras gentes ─un rasgo común de los pueblos ignorantes─.

Como podés ver, está incompleto. Incluso ese último párrafo anda volando suelto. En fin, dale una leída, contame qué te parece y ayudame a terminarlo (a menos que querrás destruirlo por completo).

***

Por otro lado teníamos la cuestión de la escritura, como oficio. Casualmente me topé con un episodio de un podcast que ocasionalmente escucho acerca de un libro de Simone de Beauvoir (era sobre las primeras dos partes de Para una moral de la ambuiguedad). El punto es que, desde el existencialismo, hablaban del planteamiento que [los humanos] nos creamos carencias que luego necesitamos rellenar con cualquier cosa. Esa carencia se convierte en el rincón de nuestra existencia donde se encuentra el sentido, por tanto, solo después de satisfacer tal carencia es posible ─pensamos─ encontrar la felicidad, el sentido, la plenitud de la vida, etc. Pues la cosa es que precisamente a eso atiendo esto del oficio, esto de empeñarse en hacerse de un oficio, y oficiar. Creo que ahí hay mucho que podemos discutir.

Pues bien, toma este nuevo empujón con un fuerte abrazo.

¿Cómo interpretar la tercera regla de Botsford?

Hoy me volví a topar con las cinco reglas de Botsford para los editores de texto (hay muchas fuentes, aquí una). Como podés ver, la tercera entra en conflicto directo con la premisa de la que parte este proyecto, eso de decirme escritor y decirte escritora. La transcribo literalmente (según la traducción que encontré): “Puedes identificar a un mal escritor antes de haber visto una palabra que haya escrito si utiliza la expresión «nosotros, los escritores»”.

No estoy seguro si la estoy interpretando mal pero, ¿acaso uno solo puede ser un buen escritor si niega su oficio? ¿o es que el supuesto error está en implicar una colectividad? ¿Cómo la interpretás tú?

De alguna manera me siento ofendido, pero no entiendo por qué, ni exactamente cómo. Como sabrás, entre los trabajos que he realizado se incluye la edición de textos, y sí, me he topado con cada cosa de quienes se dicen “escritores” que puedo entender que hay una diferencia muy grande entre decirse escritor y ser uno; más aún ser uno bueno. Sin embargo, no puedo evitar la desconfianza que da ese “bueno”, que solo puede juzgarse con algún grado de objetividad bajo la rigurosa sistematización académica. Entonces entramos a la discusión sobre la academia… que no nos atañe aún.

Luego también, la intención es escribir. Eso de ser categorizado como “bueno” será acaso una especie de validación, pero no es garantía de satisfacción, pues, ¿por qué se escribe? Cada quien tiene sus motivos. Para muchos el reconocimiento en sí no tiene valor, tal vez lo tendrá un reconocimiento específico. Por ejemplo, quien aspira a novelista no valorará un reconocimiento por una nota periodística; ni la publicación de lo que considere su obra maestra (si es que llega a completarla) tendrá valor si se interpreta mal.

Quizá a lo que se refiere es que se necesita algo de humildad para escribir, para ser escritor.  (Hay algo en todo esto que no estoy entendiendo y me molesta, pero no logro identificarlo…) En muchos casos hay una pedantería insoportable en el autor, nombrándose el dueño de la palabra y, en algunos casos, de “La Verdad”. Sin embargo, no estoy muy seguro de que la personalidad de una persona determine su calidad en el oficio ─hay cretinos geniales─.

O quizá, volviendo al punto de implicar una colectividad, el error está en generalizar, pues este oficio es solitario y trágicamente individual. Cada quien escribe de una manera muy particular e irrepetible. Pero esto ahora parece una disertación de psicología pop…

En fin, no entiendo.